martes, 22 de marzo de 2011

Las líneas. Constancia Semántica

Las niñas corren de aquí para allá mientras saborean bombones, saltan, aman, qué niñas! Las líneas las dibujan desvalidas, tristes y pobres líneas que deben rehacer todo a cada instante con tanta algarabía. Dibujan y desdibujan, dibujan triste acá y las niñas estallan en carcajadas que manchan la vida entera por allá. Hay que borrar y rehacer, dibujan débiles por allá a la vez que las pequeñas se elevan en bombas de mascar mientras levantan casas, troncos, techos por acá.

Las niñas se casan con niños fuertes y sonrientes que las líneas también tienen que desdibujar. Tienen niños y niñas que son desdibujados a cada instante y, aún así, los niños y niñas ríen casi de forma histérica. Hay tantos niños y tantas niñas, un alboroto! Las líneas igual, dibujan todos los días, sin descanso, débiles criaturas que se colan en televisores, radios, casas del centro de la ciudad, esas pobres líneas, dibujadas no saben qué más pintar.

martes, 1 de marzo de 2011

Cerecitas

Martín está viendo el cerezo desde hace una hora. Se divierte observando su baile con el viento. Solo lo observa, no lo desea, pareciera que las cerezas lo supieran y se esforzaran en sus movimientos, es que, quién no desearía ser comida y explotada entre los dientes de un infante como martín? Martín las mira de reojo desde la sala de estar de la casa, apoya sus manos sobre el rostro como si su mente estuviera impulsando el viento que hace bailar al árbol. Esas pobres cerezas van a morir de tanta desesperación. El chiquillo se aburre y se va a jugar con sus carritos. Las cerezas no paran de sonreír y es que, con o sin público, el baile debe continuar. Cuando el patio queda sin luces y los sueños de los que viven en la casa resoplan con el aire en diminutas corrientes arremolinadas, las cerezas comienzan a explotar.Imaginan que Martín es un pájaro, un gusano, lo imaginan insecto con centenares de pies y antenas. Lo desprecian para morir con un poco dignidad. Aguantan la respiración y pujan como si fueran a dar a luz. crecen uno, en algunos casos dos centímetros antes de reventar. En la mañana todo es sangre, se ven sus cuerpos mutilados bajo el cerezo, el aroma a muerte se confunde con el arrullo de un par de gorriones. Martín los escucha, abrió los ojos al amanecer. Aguarda paciente tomando un poco de té. Sorbe como si bebiera un poco de felicidad cada vez. Observa el cerezo. Se mueve lentamente, balancea sus pies con calma, espera que su padre vuelva de la ciudad e instale el balancín prometido en el árbol. 

miércoles, 5 de enero de 2011

Esperando Instrucciones I

Un lápiz sentado frente al escritorio de una oficina del centro, mirando por la ventana. No trabaja ahí, solo está de paso. Como pasa siempre, cuando está de paso, no sabe muy bien qué hacer, qué escribir y qué borrar, solo hace garabatos y se sienta, pasmado, esperando instrucciones. 

viernes, 20 de agosto de 2010

Cuando sea grande...

[Rabietas 2009]


El fondo no existe.  no hay recuerdos de fondo

Esos de los que se agarran y no se sueltan para nunca más ser. Como el sexo, no ser, no recordarse, disfrutarse otro.

El fondo se desaparece en un pozo inundado de suspiros que perdieron la juventud en los pulmones.

En el fondo el fondo no importa, su ausencia menos, el fondo aparece y desaparece al imaginarlo en un pozo donde la imposibilidad de discernir entre el sueño y el pensamiento amansan los fondos y los deseos. Todo existe según salga, del sueño, del recuerdo. Existe e importa poco menos que ahora

Horrible invención apocalíptica a la que he de renunciar.

Un recuerdo, ácido, de que no existe esto… ni la tal renuncia, es un suspiro. Un suspiro ahora. Hambre o sueño o sexo. Un suspiro recuerdo de un recuerdo que recuerda que los recuerdos no existen porque ahora es ahora. Aunque no tanto así, ahora no es sólo ahora… ahora es una idea que fue, será, como las ideas, se transformará pero no desaparecerá. Ahora es una desazón semántica del recuerdo de la soledad compartida y tenida como tragedia. Ahora, es sólo para grandes, para los que crecieron,  querían ser algo y ahora... A mí no me va a pasar eso, yo no voy a ser nada otra vez.

viernes, 6 de agosto de 2010

Las ventanitas

Sonrío como si lo hiciera por primera vez, ambos nos comportamos como si todo fuera desconocido, como si comenzáramos a andar por lugares nunca antes visitados a pesar de que trabajamos hace varios años en el ferrocarril, claro, él recibe las monedas y yo vigilo las entradas. Como sea, es relativamente nueva la experiencia compartida del ferrocarril, las personas de las monedas no se andan con los vigilantes,  ríen con sorna tras sus cubículos cuando alguien se cola sin que lo sepamos y, en el fondo, los vigilantes disfrutamos cuando pasajeros conteniendo ira  les agreden por su lentitud. Suspiramos sentados en un vagón estacionado y oscuro de la estación, es un suceso más bien extraordinario que los dos hayamos decidido sentarnos un rato a pasar el tiempo, la estación estaba cerrada por algunas fallas técnicas y nos quedamos mirándonos las caras sin tener nada que hacer, nos sentamos, algunas cosas conocidas, algunas no, miramos al suelo, al cielo, silencios y risas enmarcadas en las puertas del vagón, así como el paisaje y todo lo que está afuera porque, sin quererlo, entre los dos hay un afuera que no podemos ignorar ni describir, que se pierde algo borroso en la noche. Nos despedimos con ganas, un poco sin ganas, pero fundamentalmente huyendo de los dos, del afuera y del adentro.  Subo a uno de los trenes, los pasajeros observan sus reflejos en los vidrios del tren,  justo quedo de pie viendo a través de una minúscula ventanita abierta el paisaje borroso que por la velocidad se pierde hacia el lado derecho del marco. Verde oscuro azuloso difuminado.  Que pocas ganas de ver mi rostro, pienso mirando hacia afuera. Camino hacia la casa después de bajar de la estación, la noche no es normal, en el camino urbanizado y normalmente solitario se escuchan pasos como gotas de un aguacero de tantas personas que vienen del tren. Silencios y gotas, zapateos. La casa está caliente y, como siempre, aseada, limpia, casi nueva, para usar, sonrío, sin querer admitir que muero de ganas por observar en la ventana. Me doy tiempo como poniendo a prueba algún instinto infantil, enciendo luces, no quiero parecer muy evidente, dejo caer mi bolso, prendo la radio, lo que hago es disparar una serie de dispositivos para hacerme notar, para que en otro lugar se abra otra ventana que toque a la mía y podamos compartir algún afuera, no tan cerca, no desde el mismo marco, pero con las mismas situaciones, dos vecinos, dos ventanas, una noche.